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Un Santuario para Guadalupe

Corría el año de 1771, cuando el rey en turno, Carlos III, dispuso que el dominico Fray Antonio Alcalde tomara posesión de la diócesis de Galicia, hasta entonces vacante, que abarcaba el actual territorio de los estados de Jalisco, Colima, Zacatecas, Aguascalientes, San Luis Potosí, Nuevo León, Coahuila, Tepic, Texas y Louisiana. Así, el fraile abandonó Mérida para ocupar su nueva sede episcopal el 19 de agosto de ese mismo año y el 12 de diciembre hizo su entrada solemne en la ciudad de Guadalajara.

Al llegar, pudo percatarse de que no existía ningún templo dedicado a Nuestra Señora de Guadalupe, a excepción de la capilla anexa a San Sebastián de Analco y, como se consideraba devoto de esta advocación, decidió iniciar la construcción de un Santuario en su honor en 1777, mismo que fue terminado cuatro años más tarde.

La imagen que corona el Santuario Guadalupano en Guadalajara fue pintada por José de Alcíbar en 1774 en la Ciudad de México y tocada al original el 5 de octubre de 1779.

Ese mismo año, Juan Joaquín Sopena Laherrán obsequió la venerable imagen a Fray Antonio Alcalde, que finalmente sería llevada el 7 de enero de 1781 desde Catedral hasta el Santuario de Guadalupe recién construido, fecha en que también fue oficiada la primera misa por Fray Rodrigo Alonso.

La obra de José de Alcíbar destaca por el estilo personal del autor, quien le dio un toque criollo bien definido; en ella, las facciones amables de la Virgen se reflejan y adquieren un vivo, pero elegante colorido

Su fachada es modesta, tiene un ingreso dórico con arco de medio punto, una ventana coral, pilastras tableradas, un remate mixtilíneo y a los lados, unas robustas medias cañas bien ornamentadas que disimulan los contrafuertes.No obstante, las que destacan en la construcción, son sus espadañas almenadas, tan características y poco comunes, ya que casi todos los templos prefieren los campanarios en forma de torre.

Originalmente, el interior estaba conformado por una planta rectangular, sin cruceros, pero con cinco altares churriguerescos ricamente adornados. En 1838, estos altares barrocos fueron sustituidos por otros de cantera y de estilo neoclásico.

Asimismo, a finales del siglo, se amplió la traza del Santuario, agregándole los cruceros, el presbiterio y la gran cúpula que, a decir del licenciado Héctor Antonio Martínez, empobrecieron el diseño original.De todo ello, aún se conservan algunas pinturas antiguas como las del presbiterio que ilustran las apariciones de la Virgen, otras de varios santos y un pequeño cuadro de Juan Diego, que es considerado como uno de los más fieles retratos del santo.

Así que, ya sea en la Ciudad de México, en Guadalajara o en cualquier otra ciudad de la República, lo importante es contar con lugares de culto como estos, que nos recuerdan una parte innegable de nuestra historia y que nos permiten vivir esa fe llena de tradiciones que desde siempre nos ha caracterizado como mexicanos.

Fuente:
Karen Sofía Franco Cisneros

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